
Domingo XV del Tiempo Ordinario
Hoy escuchamos la Parábola del buen Samaritano. Esta parábola salió del corazón de Jesús como también la del hijo pródigo. Jesús nos enseña con sus palabras y con su ejemplo.
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Hoy escuchamos la Parábola del buen Samaritano. Esta parábola salió del corazón de Jesús como también la del hijo pródigo. Jesús nos enseña con sus palabras y con su ejemplo.

Recordemos la paradoja del cristiano: le es preciso morir para vivir. El monje está muerto para el mundo y la profesión monástica le obliga a la lógica de la cruz que es la lógica del amor exclusivo a Jesucristo: perder nuestra voluntad dentro de la suya.

Murales Santuario Auco, Madre Alejandra Izquierdo Lecturas: Is 66, 10-14; Ga 6, 14-18; Lc 10, 1-12, 17-20 La Palabra de Dios es luz en el sendero: ilumina nuestras mentes y además

La celebración eucarística de hoy nos remonta al clima espiritual del Jueves santo. En la víspera de su pasión, Jesús instituyó la santísima Eucaristía en el Cenáculo. Así, el Corpus Christi constituye una renovación del misterio del Jueves santo. Es una invitación a profundizar el Misterio de la Eucaristía:

En este día, contemplamos y revivimos en nuestras vidas a través de la liturgia la efusión del Espíritu Santo. El Espíritu es el gran don que Cristo resucitado pidió del Padre. El Espíritu Santo continuará la obra que el Hijo Encarnado mereció para la salvación de la humanidad. La venida del Espíritu Santo es un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo en Jerusalén para construir la Iglesia durante todos los siglos.

“Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.” Jesús ha ascendido al cielo. Los apóstoles siguieron mirando al cielo aún después que las nubes lo habían escondido. El ángel del Señor tuvo que aterrizarlos. Aunque seguimos mirando al cielo como el fin de nuestra peregrinación por este mundo, no es para desentendernos de las tareas que nos toca ahora. Todo lo contrario.

Este tiempo pascual proyecta nuestras vidas hacia la eternidad. Jesús resucitó y ascendió al cielo. Él abrió el camino para toda la humanidad. Por eso, durante este tiempo cantamos repetidamente “Aleluya”: es una exclamación de gozo y alabanza a Dios.

El Evangelio de hoy nos sitúa en el Cenáculo, en el momento en que Jesús se despide de sus discípulos y les deja su testamento. Se trata de la recomendación más importante que Jesús hace a sus discípulos. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis uno a otros como Yo os he amado”. Jesús nos habla del amor como “mandamiento nuevo”. Todos sabemos que el amor, incluso como mandamiento, no era nada nuevo… Lo nuevo radica en el “Como yo os he amado”.

Jesús nos invita hoy a reconocer su voz entre tantas otras voces que nos llegan y que nos bombardean a diario informándonos y llenándonos de palabras… Necesitamos “escuchar su voz” … Recibimos y observamos imágenes, palabras, anuncios y todo cuanto nos quieran ofrecer, que alimentan nuestra superficialidad y nuestra evasión.

“Estaba ya amaneciendo”, la luz del amanecer coincide con la Presencia de Jesús Resucitado: Jesús es la Luz del mundo, su Presencia es el Día que nos permite vivir nuestra vida con sentido. El Resucitado es como la luz del sol al amanecer que disipa nuestras sombras. Estaba allí cuando comenzó a amanecer, había estado toda la noche, pero no supieron reconocerlo.