
Domingo XXVII del Tiempo Ordinario
Imagen del libro “Siguiendo un camino”. Monasterio de la Asunción “Auméntanos la fe…”. (Lc. 17, 5-10). Esta es la oración de los primeros discípulos a Jesús. Los discípulos están
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Imagen del libro “Siguiendo un camino”. Monasterio de la Asunción “Auméntanos la fe…”. (Lc. 17, 5-10). Esta es la oración de los primeros discípulos a Jesús. Los discípulos están

El Evangelio de hoy describe la tragedia amarga que se repite, en la historia de la humanidad. Jesús ha tenido una gran lucidez para señalar uno de los mayores obstáculos que impiden la fraternidad humana.

Nos encontramos ante una parábola que nos resulta incómoda y molesta. Su carácter “escandaloso” nos prueba que se remonta al propio Jesús; no es probable que un discípulo se hubiera atrevido a atribuirla a Jesús.

Esa imagen de un Dios misericordioso y compasivo se refleja en las tres parábolas evangélicas de las pérdidas y los hallazgos. Las dos primeras evocan la pérdida de una oveja, reencontrada por el pastor y la pérdida de una moneda buscada por su dueña (Lc 15,1-10).

l mensaje del Evangelio hoy es serio. Se trata de la entrada del cielo o no. La puerta es estrecha; no es fácil entrar. Después de esta vida, esperamos la vida eterna. Jesús dice: “Esfuércense en entrar por la puerta estrecha.” Sin duda es una de las frases más exigente para los oídos de las personas contemporáneas.

¿Cómo Jesús podría desear con impaciencia ser sumergido en la muerte tan cruel que le esperaba? ¿Cuál fue su secreto? ¿Y Jeremías? ¿Cómo podría seguir profetizando, con toda claridad, la destrucción de la ciudad santa delante de la férrea oposición de casi todos?

María durante su peregrinación en la tierra, estaba inmersa en la obra y la misión de su Hijo, Jesús. Por su fidelidad constante, por su fe viva y amor generoso, ella vivía íntimamente unida al Salvador de la raza humana. Ella, la llena de gracia, que estuvo siempre junto a su Hijo, hasta el Calvario, ahora es llevada a la plenitud del cielo, glorificada en cuerpo y alma como el primero y más precioso fruto de la Pascua de Jesucristo.

Jesús pronuncia una advertencia contra la codicia, contra toda clase de codicia. La codicia (en griego “pleonexia”) significa el deseo de tener siempre más, es la avidez desproporcionada de tener, de acumular y de disfrutar a tope. Y para ilustrar esta enseñanza, Jesús propone la parábola del “rico necio”:

En verdad, nos invita de ser inoportunos, insistentes y tenaces en pedir lo que necesitamos de nuestro Padre del cielo.

Hoy Jesús nos visita. Como Marta y María, abramos la puerta de nuestra alma, y de nuestra comunidad o de nuestra familia para acogerlo. Él viene como amigo. En esta Eucaristía nos invita a sentarnos a sus pies, como María, para escuchar su palabra, para que podamos vivir siempre más plena y sabiamente.